Por Alex Pérez · Hago webs desde 2001 y para clientes desde 2015 · Actualizado el 13 de octubre de 2026
Muchos negocios que ya facturan siguen con la web que les hicieron hace años. Funciona «más o menos», así que nadie la toca. Hasta que te das cuenta de que te escriben menos de lo que deberían o de que te da vergüenza mandarla a un cliente importante.
Te cuento cómo saber si te toca rehacer la web de tu empresa, qué debería incluir un buen rediseño y de qué depende el precio. Sin vender humo: a veces la respuesta correcta es «no rehagas nada, cambia esto».

Con una o dos señales, quizá baste con retocar. Con tres o más, lo normal es rehacerla.
Retocar tiene sentido si la estructura es buena y falla algo concreto: un texto confuso, un formulario escondido, una imagen pesada. Se diagnostica y se corrige, sin empezar de cero. Es más barato y más rápido.
Rehacer tiene sentido cuando el problema es de base: la web no explica lo que vendes, no está pensada para que alguien te contacte, está construida con una tecnología que ya no se puede mantener o no se adapta al móvil.
Una forma práctica de decidir es preguntarte tres cosas:
Si las tres respuestas son que sí, retoca. Si dos o más son que no, rehaz. Por eso empiezo siempre con un diagnóstico gratuito: antes de hablar de presupuesto, hay que saber qué problema hay.
Es el miedo más habitual: «y si pierdo las posiciones que tengo». Si se hace bien, no se pierden. Se conservan las direcciones (URL) que ya funcionan, se redirigen las que cambian, se mantienen los textos que ya posicionan y se vigila en Search Console que no aparezcan errores. Lo que sí pasa es lo contrario: una web nueva, más clara y más rápida suele mejorar con el tiempo.
No hay un precio único porque no hay dos webs iguales. Depende de:
Como referencia, mis paquetes publicados parten así:
Los proyectos de más alcance se pagan en dos plazos y el segundo no se abona hasta que estás conforme. Una tienda online (WooCommerce o Shopify) se presupuesta aparte.
Desconfía de dos extremos: lo gratis o casi gratis (plantillas genéricas que parecen hechas por cualquiera) y lo opaco (presupuestos sin explicar qué incluyen ni quién se queda con qué).

Imagina un negocio de servicios con una web de hace seis años: bonita, pero con textos genéricos, un formulario que nadie rellena y un diseño que en el móvil se corta. El plan sería este: primero, un diagnóstico para ver qué funciona y qué no; después, definir el mensaje principal y los servicios que de verdad dan dinero; luego, rehacer la web alrededor de eso, con un camino claro para contactar; y, por último, conectar los mensajes a un sistema que los recoja y los conteste. No se trata de «cambiar el diseño», sino de cambiar lo que la web consigue.
Una web estándar, unas dos semanas desde que arrancamos. Un embudo completo, entre tres y cuatro. Los proyectos con IA se cierran con plazo en la llamada de diagnóstico. Lo que más retrasa un proyecto casi nunca es el diseño: son los textos y las imágenes que llegan tarde. Si los tienes preparados, todo va más rápido.
¿Pierdo posiciones en Google si la rehago? No si se hace bien: se conservan o redirigen las direcciones que ya funcionan y se vigila después.
¿Puedo editarla yo luego? Sí, con una herramienta pensada para no necesitar a un programador.
¿Y si ya tengo una web del Kit Digital o de una agencia? Se puede mejorar sin tirarla si la base es buena. El diagnóstico gratuito sirve para eso.
¿Qué necesito para empezar? Una llamada y acceso a tu web actual, si existe. De lo demás me encargo yo.
¿Quieres saber si tu web necesita un retoque o rehacerla? Pide el diagnóstico gratuito y te lo digo con tu web delante.